El Siglo de Luis XIV

El Siglo de Luis XIV

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Las máximas del clero de Francia, durante la minoridad de Luis XIV, no se habían depurado enteramente de la confusión que la Liga puso en ellas. Se vió en la juventud de Luis XIII y en los últimos Estados reunidos en 1614, a la parte más numerosa de la nación, a la que se llama el tercer estado, que es la base del Estado, pedir en vano junto con el Parlamento que se implantara como ley fundamental, “que ninguna potencia espiritual pueda privar a los reyes de sus derechos sagrados que sólo recibe de Dios; y que se considere crimen de lesa majestad enseñar que se puede deponer y matar a los reyes”. Esto es, en sustancia, el contexto de la demanda de la nación, hecha en un tiempo en que la sangre de Enrique el Grande humeaba todavía. Sin embargo, un obispo de Francia, nacido en Francia, el cardenal Du Perron, se opuso violentamente a esa proposición con el pretexto de que no le correspondía al tercer estado proponer leyes en lo que le concierne a la Iglesia. ¿Por qué no hacía él entonces, junto con el clero, lo que quería hacer el tercer estado? Pero distaba tanto de hacerlo que se encolerizó hasta el punto de decir “que el poder del papa era pleno, plenísimo, directo respecto de lo espiritual, indirecto en lo concerniente a lo temporal, y que por encargo del clero comunicaba la resolución de excomulgar a quienes dijeran que el papa no puede deponer a los reyes”. Ganaron a su causa a la nobleza e hicieron callar al tercer estado. El Parlamento renovó sus antiguos decretos, por los que declaraba la corona independiente y la persona de los reyes sagrada. La cá mara eclesiástica reconoció que la persona era sagrada pero persistió en sostener que la corona era dependiente. Era el mismo espíritu que depuso en otro tiempo a Luis el Bueno. Espíritu que prevaleció hasta el punto de que la corte subyugada se vió obligada a meter en prisión al impresor que había publicado el decreto del Parlamento con el título de ley fundamental, por el bien de la paz, según decían; pero con ello se castigaba a quienes le proporcionaban armas defensivas a la corona. Semejantes escenas no se veían en Viena; es que entonces Francia temía a Roma y Roma temía a la casa de Austria.[401]


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