El Siglo de Luis XIV

El Siglo de Luis XIV

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Esa causa perdida era hasta tal punto la causa de todos los reyes, que Jacobo I, rey de Inglaterra, escribió contra el cardenal Du Perron, y esa fue la mejor obra del monarca. Era también la causa del pueblo cuya tranquilidad exige que sus soberanos no dependan de una potencia extranjera. Poco a poco, la razón prevaleció, y a Luis XIV no le costó trabajo hacer que se atendiera a esa razón, sostenida con el peso del poder.

Antonio Pérez le había recomendado a Enrique IV tres cosas: Roma, Consejo, Piélago. Luis XIV tuvo las dos últimas con tanta superioridad que no necesitó la primera. Cuidó de conservar el uso de la apelación al Parlamento por abuso de las ordenanzas eclesiásticas, en todos los casos en que esas ordenanzas interesan la jurisdicción real. El clero se quejó con frecuencia y se felicitó a veces; porque, si de una parte, esas apelaciones defienden los derechos del Estado contra la autoridad episcopal, aseguran, de la otra, esa misma autoridad al sostener los privilegios de la Iglesia galicana contra las pretensiones de la corte de Roma: de manera que los obispos han considerado a los parlamentos como adversarios y como defensores suyos; y el gobierno cuidó de que, no obstante las querellas de religión, los límites fáciles de rebasar no fueran pasados por ninguna de las dos partes. El legislador debe equilibrar tanto el poder de las corporaciones y compañías como los intereses de las ciudades comerciales.


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