El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV La asamblea se justificó ante el papa con una epístola en la que se encuentra una frase que debería servir, por sí sola, de regla eterna en todas las disputas; dice: “es preferible sacrificar una parte de los propios derechos a turbar la paz”. El rey, la Iglesia galicana, los parlamentos, quedaron satisfechos. Los jansenistas escribieron algunos libelos. El papa permaneció inflexible: anuló por un breve todas las resoluciones de la asamblea y ordenó a los obispos que se retractaran. Éste era motivo suficiente para separar de una vez por todas a la Iglesia de Francia de la de Roma. Durante los ministerios del cardenal de Richelieu y de Mazarino se habló de nombrar un patriarca. La opinión de todos los magistrados era la de que se dejara de pagar a Roma el tributo de las anatas; que Roma no hiciera nombramientos, durante seis meses del año, en los beneficios de Bretaña y que los obispos de Francia dejaran de llamarse obispos por la gracia de la Santa Sede. Si el rey lo hubiese querido, le hubiera bastado con decir una palabra: dominaba la asamblea del clero y tenía con el a la nación. Roma lo hubiera perdido todo por la inflexibilidad de un pontífice virtuoso, el único de los papas de aquel siglo que no sabía adaptarse a los tiempos; pero hay antiguos límites que no se rebasan sin violentas convulsiones. Era preciso que hubieran más grandes intereses, más grandes pasiones, y una efervescencia mayor en los ánimos, para romper de golpe con Roma, y era muy difícil hacer esa escisión mientras se quería desterrar el calvinismo. Llegó incluso a creerse Que se daba un golpe audaz cuando se publicaron las cuatro famosas decisiones de la misma asamblea del clero reunida en 1682, cuya esencia ee ésta: