El Siglo de Luis XIV

El Siglo de Luis XIV

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En París hay establecida una casa para las misiones extranjeras. Algunos sacerdotes de esta casa se encontraban a la sazón en China. El papa que envía vicarios apostólicos a todos los países llamados las regiones de los infieles, eligió un sacerdote de esa casa de París, de apellido Maigrot, para que fuera a presidir, en calidad de vicario, la misión de China, dándole el obispado de Conon, pequeña provincia china en Fu-Kién. Ese francés, obispo en China, no sólo declaró supersticiosos e idólatras los ritos observados en honor de los muertos, sino que declaró ateos a los letrados, tal y como pensaban todos los rigoristas de Francia. Los mismos hombres que tantas protestas levantaron contra Bayle, censurándolo exageradamente por haber dicho que una sociedad de ateos podía subsistir, que tanto han escrito sobre la imposibilidad de una organización semejante, sostenían fríamente que tal sociedad florecía en China con el más sabio de los gobiernos. Los jesuitas tuvieron entonces que combatir a sus colegas misioneros, más que a los mandarines y al pueblo. Manifestaron en Roma que era evidentemente incompatible que los chinos fuesen a la vez ateos e idólatras. Se les reprochaba a los letrados que admitieran sólo la existencia de la materia; de ser así, difícilmente hubieran invocado las almas de sus padres y la de Confucio. Uno de esos reproches parece destruir al otro, a menos que se pretenda que en China se admite lo contradictorio, como sucede muchas veces entre nosotros; pero sería necesario conocer profundamente su lengua y sus costumbres para desen mara ñar esa contradicción. El proceso del imperio de China se siguió durante mucho tiempo en la corte de Roma; mientras tanto, los jesuitas eran atacados por todas partes.


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