El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Al principio, el emperador Kang-hi recibió al patriarca de Tournon con mucha bondad; pero podemos imaginarnos su sorpresa al enterarse, por los intérpretes del legado, de que los cristianos, aunque predicaban su religión en el imperio, no estaban de acuerdo entre ellos, y que el legado iba para dar término a una disputa de la que nunca había oído hablar la corte de Pekín. El legado le hizo saber que todos los misioneros, excepto los jesuitas, condenaban los antiguos usos del imperio, y que se sospechaba incluso que su majestad china y los letrados eran ateos que sólo admitían la existencia del cielo material. Agregó que había un sabio obispo de Conon que le explicaría todo eso si su Majestad se dignaba escucharlo. La sorpresa del monarca se dobló al enterarse de que existían obispos en su imperio; pero la del lector no será menor cuando sepa que aquel príncipe indulgente llevó su bondad hasta permitirle al obispo de Conon que le hablara contra la religión y las costumbres de su país y contra él mismo. El obispo de Conon fué recibido en audiencia. Tenía muy poco conocimiento del chino. El emperador le pidió primero que le explicara lo que decían cuatro caracteres que aparecían pintados arriba de su trono. Maigrot solamente pudo leer dos; pero sostuvo que los king-tien escritos sobre tablillas por el propio emperador no significaban adorad al Señor del cielo. El soberano tuvo la paciencia de hacerle explicar mediante intérpretes que ése era precisamente el sentido de las palabras. Se dignó entrar en un largo examen, justificó los honores que se rendían a los difuntos; pero el obispo fué inflexible. No cabe duda de que los jesuitas tenían más prestigio en la corte que él. El emperador, ateniéndose a las leyes, podía castigarlo con la muerte, pero se contentó con desterrarlo y ordenó que todos los europeos que estuvieran interesados en permanecer dentro del imperio fueran en lo sucesivo a recibir de él patentes, y a someterse a un examen.