Micromegas
Micromegas La princesa de Babilonia y el fénix llegaron en poco tiempo al imperio de los cimerios, mucho menos poblado, a decir verdad, que la China, aunque dos veces más extenso, parecido antaño a la Escitia pero convertido desde hacía poco en un estado tan floreciente como los reinos que se vanagloriaban de instruir a los demás.
Tras varios días de marcha entraron en una ciudad muy grande que la emperatriz reinante hacía embellecer; pero no se encontraba allí, pues viajaba a la sazón de las fronteras de Europa a las de Asia para conocer por sí misma sus estados, apreciar los males y procurar los remedios, para acrecentar las comodidades y sembrar la instrucción.
Uno de los principales dignatarios de aquella antigua capital, sabedor de la llegada de la babilonia y del fénix, se apresuró a rendir pleitesía a la princesa y a hacerle los honores del país, en la seguridad de que su señora, que era la más cortés y magnífica de las reinas, le agradecería que hubiese recibido a tan alta señora con las mismas atenciones que ella le hubiese prodigado.
