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Tenía una mujer joven y encantadora, a la que la naturaleza había dado un alma tan despierta y sensible como indiferente era la de su marido. Varios señores albioneses habían acudido aquel día a comer con ella. Había temperamentos de todas las especies, pues al haber sido gobernado el país casi siempre por extranjeros, las familias llegadas con aquellos príncipes habían traído costumbres distintas. Se encontró en compañía de personas muy amables, otras de talento superior y algunas de profunda ciencia.

La dueña de la casa no tenía en absoluto ese aspecto postizo y torpe, ese envaramiento, esa gazmoñería que se reprochaba entonces a las mujeres de Albión. No ocultaba, mediante un porte desdeñoso y un afectado silencio, la esterilidad de sus ideas y el humillante embarazo de no tener nada que decir: no había mujer más atractiva. Recibió a Amazán con la cortesía y las gracias que le eran naturales. La extraordinaria belleza de aquel joven extranjero y la repentina comparación que estableció entre él y su marido la impresionaron muy sensiblemente.





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