Micromegas
Micromegas El tiempo, que todo lo cambia, la había convertido en una ciudad cuya mitad era muy noble y agradable y la otra algo tosca y ridícula: era el emblema de sus habitantes. Había en su recinto unas cien mil personas por lo menos que no tenían otra cosa que hacer que jugar y divertirse. Aquel pueblo de ociosos juzgaba las artes que los demás cultivaban. Ignoraban lo que acontecía en la corte; aunque sólo se encontraba a cuatro millas parecía que estuviera a seiscientas por lo menos. El buen trato en sociedad, la alegría, la frivolidad eran su única e importante ocupación: los gobernaban como niños a los que se regalan juguetes para que dejen de chillar. Si se les hablaba de los horrores que, dos siglos atrás, habían entristecido a su patria y de los espantosos tiempos en que la mitad de la nación había dado muerte a la otra por unos sofismas, decían que realmente aquello no estaba bien, y luego volvían a reír y a cantar coplillas.