Micromegas
Micromegas Cuanto más corteses, graciosos y amables eran los ociosos mayor contraste se observaba entre ellos y los grupos de ocupados. Entre aquellos ocupados, o que pretendían estarlo, había una tropilla de oscuros fanáticos, entre absurdos y bribones, cuyo solo aspecto entristecía la tierra y que la hubieran trastornado, de haber podido, para darse algo de notoriedad. Pero la nación de los ociosos, bailando y cantando, los hacía volver a sus cavernas, como los pájaros obligan a los autillos a meterse en los agujeros de las chozas.
Otros ocupados, en número menor, eran conservadores de antiguas costumbres bárbaras contra las que la naturaleza, asustada, clamaba a voz en grito; sólo consultaban sus registros carcomidos. Si veían en ellos una costumbre insensata y horrible la miraban como una ley sagrada. Por esa fea costumbre de no atreverse a pensar por sí mismos y sacar sus ideas de las ruinas de los tiempos, existían aún en la ciudad de los placeres usos atroces. Por tal motivo no había proporción alguna entre los delitos y las penas. A veces se hacía sufrir mil muertes a un inocente para hacerle confesar un crimen que no había cometido.
Se castigaba una travesura de mozo como se hubiese castigado un envenenamiento o un parricidio. Los ociosos proferían grandes gritos y al día siguiente ya ni se acordaban y sólo hablaban de las nuevas modas.