Micromegas
Micromegas Aquel pueblo había contemplado discurrir todo un siglo durante el cual las bellas artes alcanzaron un grado de perfección que nunca se hubiera intentado esperar. Acudían entonces los extranjeros, como a Babilonia, para admirar los grandes monumentos de la arquitectura, los prodigios de los jardines, los sublimes esfuerzos de la escultura y la pintura. Se embelesaban con una música que llegaba al alma sin impresionar el oído.
La verdadera poesía, es decir, la que resulta natural y armoniosa, la que habla tanto al corazón como al espíritu, no se conoció en aquella nación hasta aquel siglo feliz. Nuevos géneros de elocuencia mostraron sublimes bellezas. En especial los teatros resonaron con obras maestras que ningún otro pueblo pudo igualar. En una palabra, el buen gusto se extendió por todas las profesiones, hasta tal punto que hubo buenos escritores incluso entre los druidas.
Tantos laureles, que habían alzado sus copas hasta las nubes, se secaron pronto en una tierra agostada. Sólo quedaron unos pocos cuyas hojas eran de un verde pálido y mortecino. La decadencia se produjo por la facilidad en el hacer y la pereza en el buen hacer, por la saciedad de lo bello y el gusto por lo extravagante. La vanidad protegió a los artistas que traían de nuevo los tiempos de la barbarie y esa misma vanidad, al perseguir a los verdaderos talentos, los obligó a abandonar su patria; los zánganos hicieron desaparecer a las abejas.