Micromegas
Micromegas Ya no quedaban casi verdaderas artes ni ingenio; el mérito consistía en discutir a tontas y a locas sobre el mérito del siglo anterior. El pintamonas que manchaba las paredes criticaba con mucha ciencia los cuadros de los grandes pintores; los emborronadores de papel desfiguraban las obras de los grandes escritores. La ignorancia y el mal gusto tenían otros chapuceros a sus expensas; se repetían las mismas cosas en cien volúmenes con títulos distintos. Todo era diccionario o folleto. Un gacetillero druida escribía dos veces por semana los oscuros anales de varios energúmenos ignorados por la nación y prodigios celestes realizados en desvanes por bribones y bribonas. Otros ex druidas, vestidos de negro, a punto de morir de rabia y de hambre, se quejaban en cien escritos de que ya no se les permitiera engañar a los hombres y que se dejara aquel derecho a unos machos cabríos vestidos de gris. Algunos archidruidas imprimían libelos difamatorios.
Amazán no sabía nada de todo eso, y aunque lo hubiera sabido no se habría preocupado mucho, pues tenía la mente ocupada por la princesa de Babilonia, el rey de Egipto y su inviolable juramento de despreciar todas las coqueterías de las señoras, fuera cual fuese el país al que su pesar lo condujera.