Micromegas
Micromegas El populacho, liviano e ignorante, que lleva siempre al exceso la curiosidad innata al género humano, se apiñó largo rato en torno a los unicornios. Las mujeres, más sensatas, forzaron las puertas de su posada para contemplar su persona.
Expresó al posadero su deseo de ir a la corte, pero unos ociosos de la buena sociedad, que se encontraban allí por casualidad, le dijeron que no estaba ya de moda, que los tiempos habían cambiado y que sólo en la ciudad se encontraban placeres. Aquella misma noche fue invitado a cenar por una señora cuyo ingenio y talento eran conocidos fuera de su patria y que había viajado por algunos de los países que Amazán había recorrido. Apreció mucho a aquella señora y a la concurrencia que estaba en su casa. La libertad era allí decente, la alegría en absoluto ruidosa, la ciencia nada repelente y el ingenio nada afectado. Vio que el nombre de buena sociedad no es injustificado, aunque a menudo se emplee mal. Al día siguiente almorzó en compañía no menos amable, aunque mucho más voluptuosa. Cuanto más satisfecho estuvo de los comensales, más contentos quedaron de él. Sentía que su alma se ablandaba y disolvía como las hierbas aromáticas de su país se funden suavemente a fuego moderado y desprenden deliciosos perfumes.