Micromegas
Micromegas Nací en la ciudad de Candia en 1600. Mi padre era el gobernador y recuerdo que un poeta mediocre, aunque no mediocremente duro, llamado Iro, compuso pésimos versos en mi honor, en los que se me hacía descender de Minos en línea directa. Pero, al caer mi padre en desgracia, hizo otros en los que sólo descendía de Pasífae y de su amante. Ese Iro era un hombre muy mezquino y el más redomado bribón de la isla.
A la edad de quince años mi padre me mandó a estudiar a Roma. Llegué con la esperanza de aprender todas las verdades, pues hasta entonces me habían enseñado todo lo contrario, según costumbre en este mundo desde la China hasta los Alpes. Monseñor Profondo, a quien me habían encomendado, era hombre singular y uno de los sabios más terribles que en el mundo han sido. Quiso enseñarme las categorías de Aristóteles y a punto estuvo de hacerme entrar en la categoría de sus protegidos: de buena me libré. Vi procesiones, exorcismos y algunos hurtos. Decían, aunque sin fundamento, que la señora Olimpia, persona de gran prudencia, vendía muchas cosas que no deben venderse. Me encontraba yo en una edad en que todo eso me parecía muy divertido.
