Micromegas

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A una damita de costumbres muy alegres, llamada señora Fatelo, se le antojó enamorarse de mí. La cortejaban el reverendo padre Poignardini y el reverendo padre Aconiti, jóvenes profesos de una orden ya extinguida. Al concederme sus favores hizo que se pusieran de acuerdo, pero al mismo tiempo corrí el riesgo de ser excomulgado y envenenado. Me fui de allí muy contento de la arquitectura de San Pedro.

Viajé por Francia en tiempos de Luis el Justo. Lo primero que me preguntaron fue si quería desayunarme con un pedacito del mariscal de Ancre, cuya carne había asado el pueblo y daban a buen precio a quien la quisiera.

Aquella nación estaba continuamente enzarzada en guerras civiles, ya fuera por un sillón en el consejo o por dos páginas de controversia. Más de sesenta años hacía que aquel fuego, unas veces soterrado y otras avivado con violencia, asolaba aquellos hermosos parajes. Eran las libertades de la Iglesia galicana. «Es una lástima, me decía, pues este pueblo ha nacido apacible: ¿Quién habrá podido hacer que perdiera su carácter? Hace bromas y noches de San Bartolomé. ¡Dichoso el tiempo en que sólo haga bromas!»



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