Micromegas
Micromegas Pasé luego a Inglaterra: las mismas disputas promovían los mismos disturbios. Unos santos católicos habían resuelto, por el bien de la Iglesia, hacer saltar por los aires, mediante pólvora, al rey, a la real familia y a todo el parlamento, librando así a Inglaterra de aquellos herejes. Me enseñaron el lugar en que la bienaventurada reina María, hija de Enrique VIII, había hecho quemar a más de quinientos súbditos. Un cura hibernés me aseguró que se trataba de una acción muy meritoria: primero porque los que habían quemado eran ingleses, y segundo porque no usaban agua bendita ni creían en el agujero de San Patricio. Lo que más le extrañaba es que la reina María no estuviera aún canonizada, pero confiaba en que pronto lo estaría, en cuanto el cardenal-sobrino tuviera tiempo de ocuparse del asunto.