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Fui a Holanda, donde esperaba hallar más tranquilidad entre un pueblo más flemático. Al llegar a La Haya le estaban cortando la cabeza a un venerable anciano. Se trataba de la calva cabeza del primer ministro Barneveldt, el hombre de más mérito de la república. Sentí lástima y pregunté qué delito había cometido y si era reo de Estado. «Peor que eso, me respondió un predicador con manteo negro, es un hombre que cree que puede uno salvarse tanto por las buenas obras como por la fe. Salta a la vista que si tales opiniones tomaran cuerpo una república no podría subsistir, y que hay que aplicar severas leyes para reprimir horrores tan escandalosos.» Un grave político del país me dijo suspirando: «Ay, señor mío, los buenos tiempos no durarán siempre. Sólo la casualidad ha querido que este pueblo sea tan celoso, en el fondo siente inclinación por el abominable dogma de la tolerancia, que terminará por imponerse, y eso me aterra.» Por mi parte, mientras llegaban los funestos tiempos de la moderación y la indulgencia, abandoné a toda prisa un país en el que la severidad no estaba templada por ningún aliciente y me embarqué rumbo a España.





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