Micromegas

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La corte estaba en Sevilla, habían arribado los galeones y todo rebosaba abundancia y alegría en la mejor época del año. Vi al final de una avenida de naranjos y limoneros una especie de inmensa palestra rodeada de gradas cubiertas de paños preciosos. El rey, la reina, los infantes e infantas se hallaban bajo un espléndido dosel. Frente a la augusta familia había un trono, aunque más elevado. Dije a uno de mis compañeros de viaje: «A menos que ese trono esté reservado para Dios no sé para quién puede ser.» Mis indiscretas palabras llegaron a oídos de un grave español y me costaron muy caro. Mientras me figuraba yo que íbamos a presenciar alguna cabalgata o una corrida de toros, el inquisidor general fue a sentarse en el trono, desde donde bendijo al rey y al pueblo.










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