Micromegas
Micromegas —Pero habéis sentido mal, respondió el otro. —Pero, dijo el enano, este globo está tan mal construido, es tan irregular y de una forma tan ridícula. Todo tiene aquí aspecto caótico: ¿no veis esos arroyuelos, que ninguno va derecho, esos estanques que no son redondos, cuadrados ni ovalados, ni de ninguna forma regular, y esos granitos puntiagudos de que este globo está sembrado y que me han destrozado los pies? (Quería decir las montañas.) ¿No habéis observado la forma de todo el globo, qué aplastado está por los polos, con qué torpeza gira alrededor del sol, de modo que los climas de los polos son a la fuerza inhóspitos? A decir verdad, lo que me hace pensar que aquí no hay nadie es que me parece que las personas de juicio no querrían vivir aquí. —Bueno, dijo Micromegas, a lo mejor no son personas de juicio las que lo habitan. Pero es presumible que todo esto no se ha hecho para nada. Decís que todo lo de aquí os parece irregular porque en Saturno y en Júpiter todo está tirado a cordel. Tal vez por esa razón exista aquí un poco de confusión. ¿No os dije que en mis viajes había observado siempre variedad?» El saturnino replicó a todos aquellos razonamientos. La disputa no hubiese terminado jamás si por suerte Micromegas, acalorándose al hablar, no hubiese roto el hilo de su collar de diamantes. Los diamantes cayeron: eran menudos y bastantes desiguales, los mayores pesaban cuatrocientas libras y los más pequeños cincuenta. El enano recogió algunos; al acercarlos a sus ojos observó que aquellos diamantes, por la manera en que habían sido tallados, resultaban excelentes microscopios. Tomó, pues, un pequeño microscopio de ciento sesenta pies de diámetro y lo aplicó a su pupila; Micromegas eligió otro de dos mil quinientos pies. Eran excelentes, aunque al principio no veían nada con ellos: había que acostumbrarse. Por fin el habitante de Saturno vio algo imperceptible que se movía entre las aguas del mar Báltico: era una ballena. La tomó con el dedo meñique con mucha destreza y, poniéndola sobre la uña del pulgar, se la mostró al sirio, que echó a reír por segunda vez ante el colmo de la pequeñez de los habitantes de nuestro planeta. El saturnino, convencido de que nuestro mundo estaba habitado, se imaginó al principio que sólo lo era por ballenas. Y como era gran discurridor quiso indagar de dónde sacaba el movimiento un átomo tan diminuto, si poseía ideas, voluntad, libre albedrío. Micromegas quedó no poco confuso: examinó al animal con mucha paciencia y el resultado del examen fue que no había manera de creer que un alma estuviera alojada en su interior. Ambos viajeros se inclinaban a pensar que no existía ni pizca de razón en nuestra tierra, cuando con ayuda del microscopio descubrieron algo un poco mayor que una ballena flotando sobre el mar Báltico. Es sabido que por aquel tiempo una bandada de filósofos regresaba del círculo polar, adonde habían ido a hacer observaciones que nadie había advertido hasta entonces. Las gacetas dijeron que su navío naufragó en las costas de Botnia y que se salvaron con no pocas dificultades; pero nunca se sabe en este mundo el intríngulis de las cosas. Voy a relatar ingenuamente cómo sucedió la cosa, sin añadir nada de mi cosecha, lo cual es tamaño esfuerzo para un historiador.