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El joven mirza tenía dos favoritos que le servían de secretarios, escuderos, maestresalas y ayudas de cámara. Uno se llamaba Topacio: era hermoso, de gran prestancia, blanco como una circasiana, dulce y servicial como un armenio, prudente como un guebro. El otro tenía por nombre Ébano: era un negro muy bonito, más diligente, más ingenioso que Topacio, y que nada hallaba difícil. Les comunicó el proyecto de su viaje. Topacio intentó disuadirlo con el celo circunspecto de un criado que no quiere contrariar a su señor. Le hizo ver cuánto arriesgaba. ¿Cómo iba a dejar a dos familias sumidas en la desesperación? ¿Cómo iba a hundir un puñal en el corazón de sus padres? Hizo titubear a Rustán, pero Ébano le dio nuevas fuerzas y disipó todos sus escrúpulos.

El mozo carecía de dinero para un viaje tan largo. El discreto Topacio no iba a pedir prestado para él; Ébano halló la solución. Sustrajo con destreza el diamante de su amo, hizo hacer una copia idéntica, que dejó en su lugar, y dio el verdadero en prenda a un armenio por varios miles de rupias.

Cuando el marqués tuvo sus rupias se preparó enseguida el viaje. Cargaron un elefante con su equipaje y montaron a caballo.


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