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Al salir de Kabul cruzaron un extenso bosque, se sentaron a comer en la hierba y dejaron pacer a los caballos. Iban a descargar el elefante que traía el almuerzo y el servicio cuando advirtieron que Topacio y Ébano no se hallaban con la caravana. Los llaman, resuenan en el bosque los nombres de Ébano y Topacio. Los criados los buscan por todas partes y llenan el bosque con sus gritos. Vuelven sin haber visto nada, sin que nadie les haya respondido. «Sólo hemos encontrado un buitre que luchaba con un águila y le arrancaba todas las plumas», dijeron a Rustán. El relato de aquel combate picó la curiosidad de Rustán. Fue a pie hasta el lugar, pero no vio buitre ni águila, sólo a su elefante, cargado aún con el equipaje, que era atacado por un rinoceronte.

Uno golpeaba con su cuerno y el otro con su trompa. El rinoceronte abandonó a su presa al ver a Rustán. Se llevaron al elefante pero no hallaron los caballos. «¡Qué extrañas cosas ocurren en los bosques cuando se viaja!», exclamó Rustán. Los criados estaban consternados y su dueño presa de desesperación por haber perdido al mismo tiempo a sus caballos, a su querido negro y al discreto Topacio.




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