Micromegas
Micromegas Todo fueron exclamaciones, gritos de asombro y de júbilo. ¿Será posible? ¿Es un sueño? ¡Qué prodigio! ¡Qué encantamiento! ¿Nos atreveremos a pasar? Todo el cortejo se hincaba de rodillas, se levantaba, iba hasta el puente, besaba el suelo, miraba al cielo, extendÃa los brazos, apoyaba el pie temblando, iba y venÃa, estaba en éxtasis. Y Rustán decÃa: «Con esto el cielo me favorece. Topacio no sabÃa lo que decÃa. Los oráculos me son favorables. Ébano llevaba razón. Pero ¿por qué no estará aquÃ?»
No bien estuvo la comitiva al otro lado del torrente el puente se vino abajo con espantoso estruendo. «¡Tanto mejor, tanto mejor!, exclamó Rustán. ¡Alabado sea Dios, bendito sea el cielo! No quiere que regrese a mi paÃs, donde no habrÃa pasado de simple hidalgo. Quiere que me case con la que adoro. Seré prÃncipe de Cachemira y asÃ, al poseer a mi amada no poseeré mi pequeño marquesado de Candahar. Seré Rustán y no lo seré, pues me convertiré en un gran prÃncipe: ya está una gran parte del oráculo explicada a mi favor, el resto se explicará del mismo modo. ¡Qué dichoso soy! Pero ¿por qué no está Ébano junto a mÃ? Lo echo de menos mil veces más que a Topacio.»