Micromegas
Micromegas Avanzó todavía algunas parasangas con la mayor alegría. Pero, al caer la tarde, una muralla de montañas más empinadas que una contraescarpa y más altas de lo que habría sido la torre de Babel, si se hubiera terminado, cortaron totalmente el paso a la caravana, presa de temor.
Todos exclamaron: «Dios quiere que perezcamos aquí, ha roto el puente para privarnos de todo medio de avanzar. ¡Oh Rustán! ¡Oh marqués desdichado! Nunca veremos Cachemira ni regresaremos a la tierra de Candahar.»
El más intenso dolor, el abatimiento más abrumador sucedían en el ánimo de Rustán a la inmoderada alegría que había sentido, a las esperanzas con que se había embriagado. Bien lejos estaba de interpretar las profecías a su favor. «¡Oh cielo! ¡Oh Dios paternal! ¡Haber tenido que perder a mi amigo Topacio!»