Micromegas
Micromegas Mientras pronunciaba aquellas palabras, acompañadas de profundos suspiros y abundantes lágrimas, entre sus desesperados criados, he aquí que el pie de la montaña se abre y una larga galería abovedada, iluminada con cien mil antorchas se presenta ante sus asombrados ojos. Y hete aquí a Rustán exclamándose y a su gente hincándose de rodillas y cayendo de espaldas de asombro y gritando «¡Milagro!» y diciendo: «Rustán es el favorito de Visnú, el amado de Brahma: será el dueño del mundo.» Rustán lo creía, estaba fuera de sí, como elevado por encima de sí mismo. «¡Ah, Ébano, querido Ébano! ¿Dónde estáis? ¿Por qué no sois testigos de todas estas maravillas? ¿Cómo os he perdido? Hermosa princesa de Cachemira, ¿cuándo volveré a ver vuestros encantos?»
Avanza con sus criados, su elefante y sus camellos bajo la bóveda de la montaña, al final de la cual entra en un prado esmaltado de flores y rodeado de arroyos; y al final del prado alamedas sin fin, y más allá de las alamedas un río, en cuyas orillas se hallan mil quintas de recreo con deliciosos jardines. Oye por doquier conciertos de voces e instrumentos, ve que hay bailes. Se apresura a cruzar uno de los puentes del río y pregunta al primer hombre que encuentra: «¿Cuál es este hermoso país?»