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Su interlocutor le contestó: «Os halláis en la provincia de Cachemira, veis a sus habitantes entregados a la alegría y a los placeres pues celebramos los desposorios de nuestra bella princesa que va casarse con el señor Barbabú, a quien su padre la ha prometido. ¡Que Dios haga perpetua su felicidad!» Al oír aquellas palabras Rustán cayó desvanecido y el señor cachemiro creyó que sufría ataques de epilepsia. Hizo que lo llevaran a su casa, donde permaneció largo rato sin sentido. Fueron a llamar a los dos médicos más diestros de la comarca. Tomaron el pulso al enfermo el cual, volviendo algo en sí, prorrumpía en sollozos, ponía los ojos en blanco y exclamaba de vez en cuando: «¡Topacio, Topacio, cuánta razón teníais!»

Uno de los médicos dijo al ser cachemiro: «Veo por su acento que es un mozo de Candahar a quien sientan mal los aires de nuestro país. Hay que mandarlo a su tierra. Veo por sus ojos que se ha vuelto loco, confiádmelo, lo llevaré a su patria y lo curaré.» El otro médico aseguró que sólo estaba enfermo de pesar, que había que llevarlo a la boda de la princesa y hacer que bailara.




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