Micromegas
Micromegas Mientras deliberaban el enfermo recobró sus fuerzas. Despidieron a los dos médicos y Rustán se quedó a solas con su anfitrión. «Señor, le dijo, os pido perdón por haberme desvanecido ante vos, ya sé que no resulta muy cortés. Os suplico que aceptéis mi elefante como agradecimiento por las bondades con las que me habéis honrado.» Luego le contó todas sus aventuras, guardándose mucho de hablarle del motivo de su viaje.
«Pero, en nombre de Visnú y de Brahma, le dijo, decidme quién es ese afortunado Barbabú que desposa a la princesa de Cachemira, por qué su padre lo ha elegido como yerno y por qué la princesa lo ha aceptado como esposo. —Señor, díjole el cachemiro, la princesa no ha aceptado en absoluto a Barbabú, antes bien, está sumida en llanto mientras toda la provincia celebra su boda con alegría. Se ha encerrado en la torre de su palacio y no quiere presenciar ninguno de los festejos que se celebran en su honor.» Rustán, al oír aquellas palabras, se sintió renacer. El brillo de sus colores, que el dolor había apagado, reapareció de nuevo en su rostro. «Decidme, os lo ruego, por qué el príncipe de Cachemira se obstina en dar a su hija a ese Barbabú con el que no quiere saber nada.
—Esto es lo que ha sucedido, respondió el cachemiro. ¿Sabéis que nuestro augusto príncipe había perdido un gran diamante y un venablo que tenía en sumo aprecio?