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—Muy bien lo sé, dijo Rustán. —Sabed, pues, dijo el anfitrión, que nuestro príncipe, desesperado al no tener noticias de sus dos alhajas, tras haberlas hecho buscar por toda la tierra, prometió su hija a quien le trajera una de las dos. Ha llegado un tal señor Barbabú provisto de un diamante y mañana se casa con la princesa.»

Rustán palideció, tartamudeó un cumplido, se despidió de su anfitrión y corrió en su dromedario a la capital donde debía celebrarse la ceremonia. Llega al palacio del príncipe, dice que tiene algo importante que comunicarle, solicita una audiencia, pero le responden que el príncipe está ocupado con los preparativos de la boda. «De eso precisamente vengo a hablarle», dice. Tanto insiste que al final lo dejan entrar: «Señor, dice, que Dios corone vuestros días de gloria y magnificencia. Vuestro yerno es un bellaco.

—¡Cómo un bellaco! ¿Cómo os atrevéis? ¿Así se habla a un duque de Cachemira del yerno que ha elegido? —Sí, un bellaco, repuso Rustán, y para probarlo a Vuestra Alteza aquí os traigo vuestro diamante.»

El duque, asombrado, confrontó ambos diamantes, pero como no entendía del asunto, no pudo decir cuál era el verdadero.


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