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«Hay dos diamantes y sólo tengo una hija, dijo: ¡en qué apuro me veo!» Hizo llamar a Barbabú y le preguntó si lo había engañado. Barbabú juró que había comprado el diamante a un armenio, el otro no decía de dónde procedía el suyo. Propuso una solución: que Su Alteza se dignara hacerle luchar al punto con su rival. «No basta con que vuestro yerno dé un diamante, dijo, debe también dar pruebas de valor. ¿No os parece bien que el que dé muerte al otro se case con la princesa? —De primera, respondió el príncipe, será un bonito espectáculo para la corte. Batíos enseguida, el vencedor tomará las armas del vencido, según la costumbre de Cachemira, y se casará con mi hija.»

Ambos pretendientes bajan al instante al patio. En la escalera había una urraca y un cuervo. El cuervo gritaba: «Batíos, batíos.» y la urraca: «No os batáis.» Aquello hizo sonreír al príncipe y los rivales apenas lo tomaron en cuenta. El combate comenzó, todos los cortesanos se dispusieron en círculo a su alrededor. La princesa, que continuaba encerrada en su torre, no quiso asistir al espectáculo; no podía ni siquiera imaginar que su amado estuviera en Cachemira y sentía tanta repugnancia por Barbabú que no quería ver nada. El combate transcurrió de maravilla: Barbabú cayó muerto y el pueblo quedó encantado, porque era feo y Rustán muy guapo. Eso es lo que muy a menudo decide el favor del público.


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