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Baja desmelenada, con la muerte en los ojos y el corazón. Rustán yacía ensangrentado en brazos de su padre. Lo ve. ¡Qué instante, que horror, qué reconocimiento cuyo dolor, ternura y espanto no pueden expresarse! Se arroja sobre él, lo besa, «Recibes, le dice, los primeros y últimos besos de tu amada y de tu asesina.» Retira el dardo de la herida, se lo clava en el corazón y muere sobre el amante que adora. El padre, despavorido, fuera de sí, a punto de morir como ella, intenta en vano devolverla a la vida, pero ya no existía. Maldice el dardo fatal, lo hace mil pedazos, arroja lejos de sí los diamantes funestos. Y mientras preparan los funerales de su hija en lugar de su boda, ordena llevar a palacio al ensangrentado Rustán que conservaba todavía un soplo de vida.

Lo llevan a una cama. Lo primero que ve a ambos lados de su lecho de muerte es a Topacio y a Ébano. Su sorpresa le devolvió algunas fuerzas. «¡Ah, crueles!, ¿por qué me habéis abandonado? Tal vez la princesa viviera aún si hubieseis estado junto al desdichado Rustán. —No os he abandonado ni un solo instante, dijo Topacio. —He estado siempre junto a vos, añadió Ébano.»




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