Micromegas
Micromegas —Es la ley, dijo Topacio, cada hombre tiene sus dos genios. Platón fue el primero en decirlo y otros lo han repetido luego. Ya ves que no hay nada más cierto: yo soy tu genio bueno y mi misión era velar por ti hasta el último instante de tu vida; lo he cumplido fielmente. —Pero, dijo el moribundo, si tu empleo era el de servirme, soy de una naturaleza muy superior a la tuya. Y, además, ¿cómo te atreves a decirme que eres mi genio bueno cuando has dejado que me equivocara en todo cuanto emprendÃa y me dejas morir, y a mi amada, de la manera más miserable? —¡Ay!, era tu destino, dijo Topacio. —Si el destino lo hace todo, dijo el moribundo, ¿para qué sirve un genio? Y tú, Ébano, con tus cuatro alas negras, serás sin duda mi genio malo. —Vos lo habéis dicho, respondió Ébano. —¿Y tú eras también el genio malo de mi princesa? —No, ella tenÃa el suyo, y lo he secundado perfectamente. —¡Ah, maldito Ébano! Si eres maligno no pertenecerás al mismo dueño que Topacio. ¿Habéis sido formados ambos por dos principios distintos, uno bueno y otro malo por naturaleza? —No es una consecuencia, dijo Ébano, aunque es una gran dificultad. —No es posible, repuso el agonizante, que un ser benéfico haya engendrado un ser tan funesto. —Posible o no, replicó Ébano, las cosas son como te las digo.