Micromegas
Micromegas Cuando iba a iniciarse el certamen que debía decidir el destino de Formosante, se presentó en la barrera un joven desconocido, montado en un unicornio, acompañado de un criado montado de igual forma y que llevaba en el puño un pájaro de regular tamaño. Los guardias quedaron atónitos al ver con aquel acompañamiento a un personaje que tenía el aspecto de la divinidad.
Era, como se ha dicho más tarde, el rostro de Adonis en el cuerpo de Hércules; era la majestad unida a las gracias. Sus negras cejas y sus largos cabellos rubios, mezcla de belleza desconocida en Babilonia, fascinaron a los presentes. Todo el anfiteatro se puso en pie para contemplarlo mejor, todas las damas de la corte fijaron en él sus atónitas miradas. La propia Formosante, que bajaba siempre la vista, la levantó y se sonrojó; los tres reyes palidecieron. Todos los espectadores, comparando a Formosante con el desconocido, exclamaban: «¡No hay en el mundo nadie tan hermoso como la princesa y como lo es ese muchacho!»
Los porteros, presas de asombro, le preguntaron si era rey. El forastero respondió que no tenía tal honor, pero que había venido de muy lejos por curiosidad para ver si había reyes que fueran dignos de Formosante.
Le dejaron pasar a la primera fila del anfiteatro, con su criado, sus dos unicornios y su pájaro. Saludó cortésmente a Belo, a su hija, a los tres reyes y a toda la concurrencia.