Micromegas

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Sus dos unicornios se tendieron a sus pies, su pájaro se posó en su hombro y su criado, que llevaba una bolsa, se puso a su lado.

Comenzaron las pruebas. Sacaron de su estuche de oro el arco de Nemrod. El gran maestro de ceremonias, seguido de cincuenta pajes y precedido de veinte trompetas, lo presentó al rey de Egipto, que lo hizo bendecir por sus sacerdotes y, tras apoyarlo en la cabeza del buey Apis, no dudó en alcanzar aquella primera victoria. Bajó al centro de la arena, hizo un intento y agotó sus fuerzas con unas contorsiones que provocaron la risa del anfiteatro e incluso hicieron sonreír a Formosante.

Su limosnero mayor se le acercó y le dijo: «Renunciad, Majestad, a este vano honor, que sólo es de los músculos y de los nervios: triunfaréis en todo lo demás. Venceréis al león, pues tenéis el sable de Osiris. La princesa de Babilonia debe pertenecer al príncipe que tenga mayor ingenio, y vos habéis adivinado enigmas. Debe casarse con el más virtuoso, que sois vos, pues habéis sido educado por los sacerdotes de Egipto. Debe ganar el más generoso y vos habéis dado los dos cocodrilos más bellos y las dos ratas más hermosas que se encuentran en el delta. Poseéis el buey Apis y los libros de Hermes, que son lo más raro del universo. Nadie puede disputaros a Formosante.

—Tenéis razón», dijo el rey de Egipto, y volvió a sentarse en su trono.


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