Micromegas
Micromegas Pusieron el arco en las manos del rey de las Indias. Tuvo por el esfuerzo ampollas durante quince días y se consoló presumiendo que el rey de los escitas no sería más afortunado que él.
El escita manejó el arco a su vez. Unió la destreza a la fuerza: pareció que el arco tomaba cierta elasticidad entre sus manos, hizo que se doblara algo, pero no pudo conseguir tensarlo. El anfiteatro, que se había inclinado a favor de aquel príncipe por su buen aspecto, se lamentó de su escaso éxito y juzgó que la bella princesa no se casaría nunca.
Entonces el joven desconocido bajó de un salto a la arena y, dirigiéndose al rey de los escitas le dijo: «No se extrañe Vuestra Majestad por no haber conseguido el empeño. Estos arcos de ébano se hacen en mi país, basta con saber el punto. Tenéis mayor mérito vos al hacer que se doblara que el que pueda tener yo al tensarlo.» Tomó al punto una flecha, la ajustó sobre la cuerda, tensó el arco de Nemrod e hizo volar la flecha mucho más allá de las barreras. Un millón de manos aplaudió aquel prodigio. Babilonia entera fue una aclamación y todas las mujeres decían: «¡Qué suerte que un chico tan guapo tenga tanta fuerza!»