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Aquel madrigal no desagradó a la princesa. Fue criticado por varios caballeros de la antigua corte, que dijeron que antes, en los buenos tiempos, se habría comparado a Belo con el sol y a Formosante con la luna, a su cuello con una torre y a su seno con un celemín de trigo. Dijeron que el forastero no tenía ni pizca de imaginación y que se apartaba de las reglas de la verdadera poesía. Pero todas las damas encontraron los versos muy galantes. Quedaron maravilladas de que un hombre que tensaba tan bien un arco tuviera tanto ingenio. La camarera mayor de la princesa le dijo: «Señora, cuánto talento perdido. ¿De qué le servirán a ese mozo su ingenio y el arco de Nemrod? —Para hacerse admirar, respondió Formosante. —¡Ah!, añadió la camarera entre dientes, un madrigal más y bien podría hacerse querer.»

Mientras tanto Belo, tras consultar con sus magos, declaró que aunque no hubiese podido ninguno de los tres reyes tensar el arco de Nemrod, no por eso iba a dejar a su hija sin casar, y que sería de quien lograra dar muerte al gran león que cebaban a posta en su casa de fieras. El rey de Egipto, a quien habían educado en toda la prudencia de su país, juzgó que era en extremo ridículo exponer un rey a las fieras para casarlo. Admitía que la posesión de Formosante era un alto premio, pero pretendía que si el león lo mataba no podría casarse nunca con la bella babilonia.


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