Micromegas
Micromegas El rey de las Indias compartió la opinión del egipcio; ambos llegaron a la conclusión de que el rey de Babilonia se burlaba de ellos, que debían llamar a sus ejércitos para castigarlo. Tenían bastantes súbditos que se sentirían muy honrados en morir al servicio de sus señores sin que les costara un cabello a sus sagradas testas, que destronarían fácilmente al rey de Babilonia y luego echarían a suertes a la hermosa Formosante.
Firmado el acuerdo, ambos reyes enviaron a su país la orden de reunir un ejército de trescientos mil hombres para raptar a Formosante.
Mientras tanto el rey de los escitas bajó solo a la arena, armado de su cimitarra. No es que estuviera perdidamente prendado de los encantos de Formosante. La gloria había sido hasta entonces su única pasión y le había conducido a Babilonia. Quería mostrar que si los reyes de las Indias y de Egipto habían sido lo bastante prudentes como para no comprometerse con unos leones, él era lo bastante atrevido para no desdeñar aquel combate, y repararía así el honor de la corona. Su valor poco común no le permitió servirse siquiera del auxilio de su tigre. Avanza solo, con pocas armas, cubierto con un casco de acero con adornos de oro y un penacho de tres colas de caballo blancas como la nieve.