El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo Desde las cumbres, Donner llama a su hermano Froh y le ordena que enseñe a los dioses el camino que lleva al palacio etéreo. Froh acude y luego desaparece en la nube; de pronto ésta se desvanece con la tormenta y en el aire límpido aparece el puente trazado por Froh: el trazo luminoso del arco iris alumbra el crepúsculo y la estrella vespertina brilla al fondo, sobre la cresta de los montes. Al finalizar el día, Freia ha vuelto a sus divinos dominios y el gigante Fafner ha desaparecido cargado con sus riquezas dejando abandonado el cadáver de Fasolt.
Wotan se ha quedado extasiado contemplando el palacio donde ha de morar por una eternidad. Admira su brillo a la luz del sol poniente y evoca la visión melancólica de la mañana cuando aún no había ascendido a habitarlo. Pero cuántas penas, cuántas angustias y cuántos males ha acarreado su posesión. De la mañana a la tarde cuántos pesares soportados por él. Y dirigiéndose a los dioses les dice:
-¡Seguidme! La noche avanza y el palacio nos preservará de sus tinieblas. Asciende, esposa mía, por el puente luminoso que ha trazado Froh. ¡Vamos a vivir en nuestro mundo divino y eterno; en el Walhalla!
-¿Qué extraña palabra acabas de pronunciar? -pregunta la esposa Fricka.