El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo -Cuando veas realizado ante tus ojos lo que mi valor inventó dominando al miedo, comprenderás el sentido de esa palabra -responde Wotan.
Los dioses se encaminan hacia el puente de luz.
Loge los ve partir con amargura; se avergüenza de tener relaciones con ellos. No han querido escuchar el clamor de las hijas del Rhin y han abandonado el oro en manos de la ruda gente de Riesenhein. ¡Con qué deseos Loge se convertirÃa de nuevo en llamas y los destruirÃa dentro de su nueva y magnÃfica morada! Y animado por tal idea súbita resuelve acompañar a los dioses y se encamina con ellos en dirección al arco luminoso que hace de puente.
-¡Sólo falsedad, engaño y miseria reinan en el mundo de los dioses! -clama a lo lejos el llanto de las ondinas del Rhin. Wotan las escucha y se detiene encolerizado a preguntar a Loge por tales quejas.
-Son las hijas del Rhin que lloran el oro y se lamentan del abandono.
-¡Hazlas callar! -grita Wotan.
Y a la luz empalidecida del crepúsculo las ondinas vuelven a sus lamentaciones, mientras nadan en las sombrÃas aguas del rÃo que marcha hacia el norte, a perderse en un mar de nieblas y brumas. Lloran su tesoro y lamentan el olvido de los dioses; la voluptuosidad de sus vidas y las mezquinas pasiones que los animan han hecho que no se preocuparan por su sagrado deber.