El anillo del nibelungo
El anillo del nibelungo -¡Detente, Brunilda!
Pero, ahora, todas las walkyrias compadecidas izan regresado y la protegen con sus cuerpos. El dios reclama a la desobediente y perjura; recrimina la debilidad de las guerreras y exige la presencia de Brunilda. Y ésta aparece, firme y resuelto el paso.
-¡No serás ya mi mensajera!; ¡no te señalaré héroes en el combate! ¡Ni estarás en los festines de los dioses! ¡Ni besaré tu boca inocente! ¡Quedas fuera del ejército divino y expulsada de la raza de los dioses!
Ante tan tremenda condena lloran y ruegan las walkyrias; pero Wotan es inflexible. Brunilda debe dejar el mundo brillante de los dioses y convertida en mortal deberá hilar y obedecer a un hombre, siendo el blanco de las burlas. Las walkyrias huyen desoladas al caer el crepúsculo.
Bajo un cielo limpio ahora de nubes, Brunilda se dirige a su padre con las viejas palabras del afecto y le recuerda el momento en que el dios, mortificado por Fricka, le contara sus pesares. Ella sólo ha cumplido los oscuros e inconfesados deseos de su padre, que no podÃa realizarlos por su promesa a Fricka.
Pero el primero de los dioses es inflexible en sus designios; reprocha a Brunilda el amor encendido por el héroe Siegmund que la impulsó a desobedecer su mandato y alejarla del padre. Sin piedad alguna, ordena que abandone el Walhalla.