El circulo carmesi
El circulo carmesi —¿Y qué esperas que haga yo? ¿Robarle? —preguntó Thalia—. ¿Meterle una pistola en las narices y espetarle «suelta los cuartos»?
—No seas estúpida —dijo el señor Barnet, abandonando de golpe su compostura de caballero elegante—. Lo único que tienes que hacer es elogiar la comida y largarte. Mantenlo divertido, hazle reÃr. No tienes por qué sentir miedo, pues yo habré entrado en la casa antes de que lleguéis y estaré cerca por si algo no marcha.
La chica jugaba con la cucharilla, fijos los ojos en el mantel.
—Supón que no envÃa fuera a los criados…
—Puedes estar segura de que lo hará —la interrumpió el señor Barnet—. ¡Por Moisés! ¡Nunca hubo una oportunidad semejante! ¿Estás de acuerdo?
Thalia negó con la cabeza.
—Es demasiado grande para mÃ. Quizás tuvieras razón cuando dijiste que me empeño en meterme en lÃos, pero parece que lo que a mà me viene a la medida son esos hurtos de poca monta.
—¡Bah! —dijo Barnet, disgustado—. ¡Estás loca! Ésta es tu ocasión de hacerte de oro, querida. La policÃa no te conoce, no estás en el candelero como yo. ¿Vas a hacerlo?
Ella volvió a bajar los ojos sobre el mantel y comenzó a jugar de nuevo con su cucharilla nerviosamente.