El circulo carmesi
El circulo carmesi —He dicho que ingenioso, y es ingenioso —dijo Parr, sin inmutarse—. Y ahora, creo que voy a bajar para conversar con los agentes que dejé vigilando el portal.
Sin embargo, los policÃas de guardia no tenÃan nada que decir. Nadie habÃa entrado ni salido del edificio, a excepción del cartero.
—A excepción del cartero, ¿eh? —dijo Parr, en tono pensativo—. ¡Pues claro, por supuesto, el cartero! Todo en orden, sargento, sus hombres pueden marcharse.
Parr subió en el ascensor y se reunió con Yale.
—El dinero ha volado, de eso no hay duda —dijo—. No se me ocurre qué hacer, salvo dar parte del asunto a la jefatura de policÃa.
Yale casi habÃa vuelto a ser el mismo de siempre, y estaba sentado frente a su escritorio con la cabeza sobre las manos.
—Bueno, yo soy el culpable esta vez —dijo—. No pueden culparlo a usted, Parr. Aún estoy tratando de imaginarme cómo entraron por esa ventana y pudieron acercarse hasta mà sin hacer ruido alguno.
—¿Estaba usted de espaldas a la ventana? Yale asintió con la cabeza.
—Nunca tuve en cuenta la ventana. Me senté de manera que pudiera ver las dos puertas al mismo tiempo.
—¿La chimenea también estaba a su espalda?