El circulo carmesi
El circulo carmesi —Primero tengo que decirle a una tÃa mÃa que vive conmigo quién es usted —dijo Parr—. No está acostumbrada a las visitas. Soy viudo, ya sabe, y es ella quien se ocupa de las tareas domésticas.
Se apresuró a entrar en el comedor, cerrando la puerta tras él, y Jack sintió que comenzaba a contagiársele una parte de la incomodidad del señor Parr.
Pasó un minuto, quizás dos. Jack escuchó un movimiento apresurado, tras lo cual Parr abrió la puerta.
—Pase, por favor —el rubor de su rostro habÃa aumentado—. Siéntese y perdóneme por haberle hecho esperar, se lo ruego.
La estancia en la que se encontraban estaba amueblada con gusto, y Jack se recriminó en su fuero interno haberse esperado otra cosa.
La tÃa de Parr era una marchita dama de maneras indolentes, y parecÃa producirle a Parr una gran ansiedad: no le quitaba ojo mientras ella se movÃa por la habitación y difÃcilmente podÃa hablar sin que él la interrumpiera, siempre con mucha educación, pero siempre en tono muy terminante.
La cena del inspector estaba dispuesta sobre una bandeja y estaba casi acabando cuando Jack habÃa llamado a la puerta.
—Espero que disculpe todo este desorden que tenemos, señor…
—Beardmore —dijo Jack.