El circulo carmesi

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Pasó toda la tarde introduciendo al joven en los misterios del piquet, juego en el que Parr era un consumado maestro. Seguramente no hay ningún otro juego de cartas para dos jugadores más fascinante que éste y para Jack fue una velada tan grata que se sorprendió, cuando miró el reloj, al reparar en que era medianoche.

La habitación que se le asignó al inspector era la que había ocupado en vida James Beardmore. Se trataba de un dormitorio amplio y espacioso que contaba con tres grandes ventanales. De noche, al igual que el resto de la casa, se iluminaba mediante un sistema de acetileno[84] que James Beardmore había mandado instalar.

—Por cierto, ¿dónde va a dormir usted? —dijo, mientras se paraba en el umbral de su puerta, tras haberle deseado buenas noches.

—En la habitación contigua —dijo Jack.

Parr asintió, cerró la puerta tras él y echó el cerrojo.

Oyó cerrarse la puerta de Jack y comenzó a quitarse parte de su indumentaria. No hizo intento alguno de desnudarse, sino que sacó de su desvencijado maletín una vieja bata, se envolvió en ella, apagó la luz y se acercó a los ventanales para descorrer las cortinas.


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