El circulo carmesi
El circulo carmesi Por fin echó al fuego la última tira y se sentó a ver cómo se enroscaba antes de prenderse en llamas. Después dejó el cuchillo, se lavó las manos y abrió la ventana para dejar salir el ácido olor del cuero quemado.
Habría sido mejor, pensaba, si hubiera llevado a cabo su primera resolución, y se maldijo por la cobardía que lo había inducido a sustituir su revólver por una pluma estilográfica. Pero estaba a salvo. Nadie lo había visto abandonar la finca.
En un hombre de su clase, el pánico ciego y la confianza irracional se suceden casi como una reacción natural. Cuando bajó las escaleras hacia su pequeña biblioteca, casi había olvidado la sensación de peligro.
A la mortecina luz del día había escrito una nota conciliadora, incluso servil, que había guardado, según él confiaba, en un lugar seguro. ¿La encontrarían? Tuvo otro acceso de pánico.
—¡Bah! —dijo el señor Marl, desechando una posibilidad tan peligrosa.
Un sirviente le trajo una bandeja del té y la colocó sobre una mesita junto al escritorio donde estaba sentado.
—¿Recibirá ahora a ese caballero, señor?
—¿Eh? —dijo el señor Marl, al tiempo que se volvía—. ¿Qué caballero?