El circulo carmesi
El circulo carmesi —Le he dicho antes que había un caballero que deseaba verlo.
Marl recordó que la destrucción de sus botas había sido interrumpida por una llamada a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó.
—He puesto su tarjeta sobre la mesa, señor.
—¿No le dijiste que estaba ocupado?
—Sí, pero él contestó que esperaría hasta que usted bajara.
Cuando el criado le tendió la tarjeta, el señor Marl dio un respingo al leerla y su rostro adquirió un tono amarillento.
—El inspector Parr —dijo con un hilo de voz—. ¿Qué querrá de mí?
Se palpó la boca con dedos temblorosos.
—Hazlo pasar —dijo, haciendo un esfuerzo.
Parr y él nunca habían sido presentados, ni social ni profesionalmente, y la primera impresión que tuvo de aquel hombrecillo le devolvió la confianza en sí mismo. No había nada de amenazador en la apariencia de aquel detective sonrosado.
—Siéntese, inspector. Lamento haber estado ocupado cuando usted llegó —dijo el señor Marl. Cuando se alteraba, su voz era casi tan débil como el trino de un pájaro.