El hombre siniestro
El hombre siniestro A tientas siempre, siguieron adelante, y Ralph dijo, palpando una puerta:
—¡Éste es el despacho!
La puerta estaba abierta y la empujó. La habitación estaba a obscuras, y sólo brillaba un débil resplandor de la lumbre mortecina que ardía en la chimenea.
—¿Está aquí, mister Tarn? —preguntó el inspector en voz alta.
Por toda respuesta, oyó un hondo y débil ronquido.
—¿No hay luz aquí? —preguntó ahora Bickerson.
En el mismo instante, Ralph oyó girar un interruptor de la luz; pero tampoco se iluminó la habitación.
—¡Qué extraño es todo esto! ¿Dónde está mister Tarn?
Ralph, guiándose por los ronquidos, llegó hasta el fondo de la pieza, donde palpó el brazo de un sillón. Entonces se agachó, tocó un rostro peludo.
—¡Aquí está! —gritó Hallam.
Maurice Tarn se removió en su asiento, y los dos hombres oyeron la voz del viejo, que decía como si hablara en sueños:
—¡Han querido cogerme…! ¡A mí! ¡Ya lo sabía, pero yo soy muy fuerte…, soy fuerte como un caballo!