El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¡Despierte, amigo mío! —gritó el doctor—, ¡mister Bickerson, el detective, ha venido a verle!

Intentó levantarle, y los ronquidos cesaron.

—¡No podrá usted levantarle!

—Pero ¿está dormido o despierto?

—¡No sé! ¡Mister Tarn! ¡Levántese! ¡Despierte!

De pronto, la voz del inspector murmuró en tono de profunda alarma:

—¡Doctor! ¡Cuidado! ¡Hay otra persona en esta habitación! ¿No tiene usted una cerilla?

Se oyó el ruido de una silla que caía, y el inspector intentó atravesar la oscuridad con sus pupilas. Oyó un ruido junto a la puerta y, avanzando hacia allí, con las manos extendidas, logró coger el hombro de alguien. Resonó un jadeo… y luego se oyeron tres o cuatro palabras en chino, como ladridos de un perro extraño.

En ese instante, un puño huesudo y grande descargó un fuerte golpe bajo la boca del inspector, que soltó a su presa. Y el misterioso desconocido salió de la estancia, cerrando la puerta de golpe. Sus pasos resonaron en la escalera.

—¡Una luz, pronto! —gritó alarmado el detective.

En el sitio donde estaba Hallam apareció el destello de una cerilla, y en ese instante, la luz eléctrica de la habitación se encendió.


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