El hombre siniestro
El hombre siniestro El detective Bickerson, después de mirar de nuevo a la muchacha, vaciló unos instantes y al fin se decidió a salir de la habitación, bajó las escaleras y salió a la calle. Miró a un lado y a otro. No vio más que a una mujer y más lejos, en la esquina de Landbroke Grove, a un policía.
Se acercó a paso rápido al guardia y le dijo en tono alterado:
—¡Vaya inmediatamente al número 409 de esta calle, vigile la puerta y no permita que nadie entre ni salga de la casa. Acaba de cometerse un crimen! ¡Toque el silbato! Necesito otro agente en seguida. ¿No ha visto usted salir a nadie del número 409?
—No, señor: solamente he visto pasar, hace un momento, a un chino.
—¿Un chino? —dijo vivamente Bickerson—. ¿Cómo iba vestido?
—Muy elegante, a la europea; pero no llevaba sombrero. La verdad es que no me ha extrañado eso, porque muchos chinos, y muchos orientales en general, no lo llevan.
—¿Por dónde ha ido?
—Hacia Landbroke Grove. Ha cogido un taxi. Ha sido cuando usted llegaba. ¡Mire, allá va!
Y señaló un coche que se alejaba a toda velocidad en dirección a Notting Hill Gate. Bickerson miró a su alrededor, buscando un taxi, pero no había ninguno.
