El hombre siniestro
El hombre siniestro »Al fin se ha dormido de veras, y entonces yo, armándome de valor, me he levantado. Durante todo este tiempo, mi tÃo estaba hablando como en sueños, como si amenazara a alguien. Hasta que, de repente, la luz se ha apagado. Esto ha sido hará cosa de diez minutos. Las cortinas de las ventanas, que son muy gruesas, estaban corridas. El fuego agonizante iluminaba débilmente la habitación. Yo he permanecido inmóvil, esperando que el sueño le venciera de veras y ver si podÃa escapar entonces. Mientras pensaba esto, he oÃdo abrirse la puerta, y he tenido la sensación de que alguien habÃa entrado en el despacho. En seguida me he convencido de ello, porque un rayo de luz muy débil ha atravesado la estancia, yendo a posarse en el rostro de mi tÃo.
La muchacha se estremeció, callando un momento, y luego siguió hablando:
—¡Aún me parece verle, con la cabeza inclinada sobre uno de sus hombros y las manos crispadas en el pecho! La luz le ha medio despertado y ha empezado a hablar de nuevo.
—¿Ha oÃdo usted telefonear a mister Tara? —preguntó el detective.
—SÃ, señor. Aproximadamente hace un cuarto de hora. Le he oÃdo que hablaba con alguien. Era con usted, ¿verdad? ¿No es usted mister Bickerson?