El hombre siniestro
El hombre siniestro A pesar de ocupar una hermosa habitación y una cama excelente en uno de los más lujosos y bonitos hoteles del West End, Elsa Marlowe apenas pudo dormir aquella noche. En cuanto cerraba los ojos, los recuerdos de la noche fatídica acudían a su mente, y le parecía ver la horrible cara del chino en la oscuridad.
Y el chino, Feng Ho, era… Paul Amery. El chino y el mayor Amery eran dos personas distintas, pero en realidad estaban unidos moralmente en muchos aspectos.
La muchacha salió de la cama y empezó a pasear agitadamente por la habitación, intentando en vano calmar sus nervios. Pensaba ir a ver al detective Bickerson y contarle toda la verdad. En ese punto pronto estuvo decidida. En cuanto a Amery, no quería volverle a ver, ni volver a subir aquellas escaleras tortuosas y oscuras de la oficina, ni tener que acudir a la llamada de su timbre y comparecer ante él, que parecía un pobre conejo fascinado ante un reptil.
Había un pequeño escritorio en la habitación y Elsa encendió la luz, se acercó al mueble y empezó a escribir, después de buscar una hoja de papel.
«Señor mayor Amery: Tras el terrible drama ocurrido esta noche, no me siento con fuerzas para volver a su oficina de nuevo, y aunque lamentaría mucho que mi súbita partida le causara algún perjuicio, usted comprenderá muy bien que…».
