El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Se detuvo. Estaba segura de que su jefe no comprendería nada ni querría hacerse cargo de nada. Le parecía verle sonreír con aquella sonrisa suya tan llena de sarcasmo y, posiblemente, la llevaría a los Tribunales por incumplimiento y ruptura del Contrato de Trabajo.

Leyó lo que había escrito, y lo rompió, ya que le pareció demasiado familiar. Empezó otra carta, encabezándola con un «Distinguido señor»; pero tampoco le gustó y la rompió también. Hasta que, ya dadas las cuatro, desalentada, se volvió a la cama, apagó la luz e intentó dormirse.

Se levantó a las ocho, y luego de desayunar intentó escribir la famosa carta a su jefe.

Al fin, viendo que eran las nueve menos cuarto, optó por desistir de su idea; se puso el sombrero y salió a la calle.

Cuando llegó a la oficina, a las nueve y cinco, miss Dame salió a su encuentro, con un periódico en la mano y los ojos muy abiertos.

—¡Querida Elsa! ¡Qué cosa tan horrible! ¡Viene en todos los periódicos!

—¡Perdóneme, miss Dame, pero no quiero hablar de ello! Además, no voy a continuar aquí. Vengo a despedirme del mayor Amery y después me marcharé.

—¿Se desmayó usted? —insistió la otra, ahogándose—, ¡Apuesto a que sí!


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