El hombre siniestro
El hombre siniestro En este momento sonó el odioso timbre del mayor Amery, y Elsa, sin saber lo que hacía, de un modo maquinal, se quitó el sombrero, cogió el bloc y el lápiz y se dirigió hacia el despacho del director.
Amery estaba sentado en su sillón, como de costumbre, y al verla entrar no manifestó sorpresa alguna, ni siquiera con la mirada. Le parecía la cosa más natural del mundo que la muchacha hubiera acudido a su llamada.
Luego comentó en tono eternamente áspero y seco:
—Tengo prisa, ¿sabe?
En seguida empezó a dictarle carta tras carta, sin darle tiempo a pronunciar una palabra.
Por suerte, en una de las cartas, había que incluir un documento cifrado, y Amery se detuvo un instante para darle el papel a su secretaria.
—¡Ya está! —dijo, terminando.
Entonces ella se puso en pie y se atrevió a decir:
—Mayor Amery… Yo quisiera…
—¡Escriba esas cartas en seguida! —La interrumpió él de mal humor—. Quiero que alcancen el correo, vía Siberia, y sale dentro de una hora.
—No me importa nada, señor —se atrevió a decir la muchacha—. Aunque faltaran diez minutos. Tengo que decirle a usted algo y es preciso que me escuche.